viernes, 30 de septiembre de 2016

Walburga “Dolly” Oesterreich y su Hombre del Ático


De delantales, amantes y máquinas de coser. O de cómo una Singer del siglo XIX procura placeres con una avería. Y el gran manual de las “grandes puntadas de la historia”

Esto no es un relato. Ni ficción o aburrimiento de algún escritor traficando con personajes. Esta es la historia de una mujer, su máquina de coser y sus muchos hombres, pero de uno en especial. O del destino de un hombre, sus muchas máquinas y delantales con una mujer compartida. Podría ser un cuento pero cuando la vida o el amor aprietan, la realidad supera notablemente a cualquier escuela de mundos fingidos. 
Porque resulta que Walburga se hartó de ser pobre durante gran parte de su vida. Era bella, tenía ojos que embrujaban y muchas posibilidades de casarse con un rico señor Oesterreich que regentaba un negocio de fabricación de delantales, principalmente, aunque también ropa femenina. Aquí es donde aparecen sus muchas máquinas y ella pasa a tener un sobre nombre: Walburga “Dolly”

El señor era mayor que ella y supuso en sus manos un “caramelito”. Bebía demasiado y pasaba mucho tiempo fuera de casa en su negocio. Aún así tuvieron un hijo que murió muy joven. Ella lo pasó muy mal. Justo con la misma edad de su hijo, en la fábrica, trabajaba un muchacho huérfano que arreglaba máquinas. La vida es así de extraña, sí. Aquí es donde aparece la avería y la calma.

La señora Walburga “Dolly” Oesterreich se aburría y alguna vez hacía labores de costura.Pero ese día no hubo forma. Y tiraron del chico para averiguar de dónde procedían aquellos chirridos de la máquina. La señora que era bella, el chico que estaba solo, la máquina que quedó perfecta… Aquí es donde asoman todas las puestas a punto futuras. Y los placeres.

De si la Singer tuvo el privilegio de coser más en aquella casa no queda noticia. Pero el chico fue adoptado para más de una “tarea” y en cuanto la chismosa de turno del barrio quiso dar la voz de alarma, ella ideó un plan y un contrato perfectos. Planificando bien, todo avanza. Eso debió pensar.

Nada como tener un hueco inutilizado en la casa y redecorarlo. Ni ikea nos hubiera dado mejor solución. Hasta ocho veces al día parece que se usaban algunos de los muebles para compensar los vacíos de ambos. El marido ya compensaba por su lado, se entiende. Y es que un ático siempre será un ático. Provee enormes posibilidades; está demostrado. Otto Sanhuber, el joven, dejó trabajo, estudios y se dejó contratar como esclavo sexual y amo de casa, recluyéndose en el ático a escribir cuando el señor de los delantales llegaba. Aquí aparecen el amor y una entrega desmedida. No sé si puede dar envidia o miedo.

Quién iba a sospechar semejante artimaña. Sólo el marido que creyó tener fantasmas o ratas. Depende el día. Una casa de madera tiene muchos ruiditos. Y cansado, dijo que para Los Ángeles. Adonde “las ratas y fantasmas” del ático por supuesto los acompañaron. La subida a la guarida se hacía por una escalera oculta detrás de un armario ¿Alguien puede criticar que una situación tan desgastante salte por los aires? Ella no tenía bastante con sus visitas y se las compuso para tener otras mientras el marido trabajaba y el amante del ático escribía. Aquí es donde aparecen las ambiciones. Y los deshilachados.

Todo se vino abajo. El marido discutía de forma muy agresiva, quizá porque ella se había propasado en un baile con otro señor, después de unas copas y la tuvo que sacar de allí avergonzado. Nuestro buen Otto Sanhuber, sumiso a niveles enfermizos pero amando a la señora por encima de todo, la creyó en peligro, bajó pistolas en mano y luego de tres “pum pum pum”, cogió el reloj del fiambre, encerró a Walburga en un armario y tiró la llave lejos. Se enclaustró en el ático y aquí paz y después gloria. Cómo puede pensar de rápido una persona que ama; o dispara…

Ay, quién dijo que desde una habitación no se pueden tener emociones fuertes. La policía no tuvo más remedio que asumir que había sido un robo. No encontraron a nuestro huérfano y la cosa siguió así: ella traía visitas que se aligeraban de ropa en un plis plás, él cocinaba para ella y sus visitas… Aquí es donde aparece la habilidad de la compartición sin intersección. 



Como uno de sus amantes fuera abogado de su marido, le pidió guardar el arma. Confiar en la piel, ya se sabe. Error. Un amante termina casi siempre por hablar cuando es sustituido. Y lo hizo nada más y nada menos que en una comisaría. Habían pasado casi diez años. No hubo forma de meter a nadie en la cárcel. Todo había expirado. Incluso el amor y aquel contrato de “Bat Man” voluntario. Así denominó la prensa de la época a Otto.

El “amante-amodecasa-cocinero” se cambió el nombre, se casó y desapareció. Ella murió en el 1961 y no sabemos si su máquina tuvo algún ruidito más y requiso de arreglos. La nueva señora de Otto no creo que tuviera quejas que invitaran a un técnico exterior teniendo a uno tan bueno en casa.

Aquí es donde aparece que una avería siempre será una oportunidad, o cómo una crisis nos sugiere otras piezas de recambio.

Y esto es lo que os dejo en este viernes de Varieté. Espero que os haya entrado curiosidad como mínimo.

Texto del Artículo: Carmen Valladolid
Imágenes: Redes – Archivo libre

Enlaces:
Walburga "Dolly" Oesterreich
Sobre la primera película que inspiró la historia 1968 (si la encuentran por la red, me encantaría verla. La actriz principal es Shirley MacLaine:
Película subtitulada El Hombre en el Ático 1995:
 















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