lunes, 9 de junio de 2008

PANALes - PAÑALes

Ayer hablábamos de niños. De tenerlos. De los que los tienen y de los que quizás nunca hubieran debido tenerlos. De si se desean o no. Y de si ese deseo no se verá truncado constantemente por las obligaciones que conllevan y las responsabilidades. Creo que somos todos conscientes de que requiere entrega. Renuncia a la individualidad y una forma de achicar nuestro espacio. Igualmente sabemos de lo que nutren; o creemos estar al tanto de ello por lo que escuchamos o vemos o incluso hemos sentido al abrazar a algún bebé cercano.

Y hoy se abre en mí de nuevo una brecha. Mientras desayunaba miro una publicidad que parecía de un centro de odontología o una campaña de esas para tener una boca sana desde la infancia. Una preciosa niña sonriendo. Unos dientes perfectos. Ojos vivos que parecieran fuera del papel.

¿Cómo evitar leer con un reclamo así?
Leo.
Me asombro.
Releo.
Mi asombro aumenta al llegar a una tabla con detalles. Muchos números y horarios. Apenas letras que expliquen. Sólo lo justo y necesario.
Leo.
Dirección, Teléfono, Tarifas y Actividades.
Releo.
Un mapa para los papás despistados. Ubicando al ser humano que depositará a otro allí. Al que lo lleva. Al padre o a la madre. Acaso a los dos.
Pienso… Seguro los abuelos pueden pensar que esto es una aberración. Seguro nadie les pregunta pero ellos ven en este gesto de los padres una mala educación. Un desquite. Algo que harán con ellos en unos años. En ese instante me siento abuela. Y vieja. Me siento muchas cosas, incluida niña, monitora, madre y persona ajena que lee esto sin tener siquiera un ligero cosquilleo. Esa persona que lee esto igual que ayer leía la etiqueta del champú. Que según dice una amiga, con la que hablaba ayer de tener o no tener niños, es lo que más lee la gente. Porque eso somos, ¿no? Gente.

Me digo a mí misma: lee de nuevo.
Y leo: “Campamento Infantil en Centro Comercial X”. “Que tu hijo mejore su inglés y matemáticas en un campamento inimitable dentro del caso urbano”

Torpe. Me siento torpe. Y pienso: - cuando yo iba de campamento siempre se asociaba al “campo” – quizás a alguna playa… ¿Cómo es posible que haya pasado a ser un encuentro de una semana en un Centro Comercial dentro de la ciudad?
Qué padres desean eso para sus hijos. ¿Quizás el tipo de padres que nunca tuvieron la conversación que mis amigos y yo tuvimos ayer? O justo lo contrario. Aquellos padres que se perdieron en vericuetos definiendo forma y sentido y que por fin un día consiguieron llegar al consenso con ellos mismos y sus parejas para tener un hijo que luego iría de campamento para que aprendiera a sobrevivir y relacionarse. ¿Quizás a respirar aire puro y a ver en algún sitio que no sea la carnicería… un pollo, por ejemplo? Y que una vez alcanzada la edad de permitirles salir solos, esos mismos padres inteligentes y que tenían todo medido y controlado, esos que ayer todo sabían, hoy se dejan llevar por lo más rápido y fácil sin pensar en las consecuencias para el ser humano que el niño es. Y para todos los seres humanos que se relacionarán con su hijo en el futuro. Consecuencias que se multiplican y amplifican si tenemos en cuenta que estos centros prosperan, que lo fácil vence. Que lo cercano y rápido nos subyuga porque eso nos premia con tiempo para nosotros mismos, que es justo lo que ese hijo nos quitó al nacer. Eso que sabíamos pero que luego pesó más de lo estudiado. Porque descubrimos un día que ese niño tenía personalidad y apetencias y que no siempre era fácil gobernarlo.

E imagino a un padre que ve esa publicidad y que ve en ella el paraíso. Llega a su casa, lo muestra a su mujer con los ojos abiertos porque por fin, con poco tiempo y dinero, podría deshacerse de sus hijos ahí mismo; al lado de casa. Y hablarían de si era conveniente que después de esa semana, no deberían apuntarlo al otro centro comercial, que seguro en vez de inglés, tendría química o física, materias sin duda que tendrá entretenido a su fiel vástago. Seguros están de su relajación en el verano. De lo que aprenderá y el bien que le hará. Y cómo no, de la suya propia.

No han visto una cárcel como yo. Ellos han vislumbrado una forma civilizada de deshacerse de sus hijos pensando en el derecho, que sin duda tienen, de su espacio e intimidad.

Y yo…
Yo siento miedo de tener hijos y sentir la necesidad de enviarlos a alguna parte cuando la asfixia de la vida me quite el sentido de la justicia.

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