viernes, 11 de julio de 2008

Polos de Hielo

Imágen del libro "Cuentos Pulga" de Riki Blanco



Quise pertenecer a un circo cada verano. Y no sé por qué extraña asociación de ideas, cuando pasaban los niños de los gitanos pidiendo limosna sobre la hora de la siesta, yo los envidiaba porque los hacía viviendo en un circo. En aquél momento no entendía que caminar descalzo sobre las aceras o el asfalto casi derretido, llamar a las puertas casa por casa, o ir temblando a que el patriarca te diera una paliza cuando no llevabas suficiente dinero y comida, nada tenía que ver con la vida cirquense. Aunque se asocia ahora en el lenguaje a algo así como “qué circo tenemos montado” en muchas situaciones unas menos dramáticas que otras, yo les hablo del circo de verdad.

Ese circo con fieras, malabaristas y hombres bala. El de los trapecistas sin red y las pulgas amaestradas. Yo sólo conocía las pulgas de los perros de mi vecina que nunca se pararon a escucharme. Que conste que quise tener mi propio circo de bichos.
Y cosas de la infancia, cuando veía los viejos carromatos llenos de “churumbeles” y perros flacos, garrafas de plástico para el agua y miles de utensilios poco usuales en las casas, lo que yo veía era una enorme carpa camuflada. Siempre vi el circo bajo aquella frente.
Aún recuerdo los ojos de una niña a la que le regalé un polo de hielo. Era de coca-cola… o eso decía la etiqueta. Llamó a mi puerta, mi madre abrió y a la altura de mis ojos, estaban los suyos. Pozos. Sus ojos eran lagunas o bosques… sólo tenía que abrir o cerrar los párpados para que fueran una cosa o la otra. Sus pestañas parecían enjambres de ramas… Me recordaron a los pinos. Y su iris el fondo del pozo de mi corral. Negro y tentador. Yo tenía un polo en la mano. Ella me miró, luego bajó los ojos a mis manos, otra vez a mis ojos y yo salí corriendo al congelador a por otro polo igual que el mío. No hubo palabras. No hicieron falta. La niña que yo creía del circo hablaba sin ellas. Mi madre le dio comida. Ella la cogió sin dejar de mirarme. Cerramos la puerta. Mi madre suspiró. Yo corrí a hacer un dibujo del circo. Me sentía feliz de haber podido regalar algo mío a una artista que iba de pueblo en pueblo.

Ahora soy adulta. El domingo es mi cumpleaños. Nací a la hora de la siesta. A las tres de la tarde de un día trece. Me siguen los impares y la calima que todo lo deforma. Mágico número que muchas religiones usan. Las tres de la tarde y mi madre sudando. Muchos años después las tres de la tarde fueron higos chumbos pelados por mi padre fresquitos en la nevera y algún cuento de mi abuela. Por cierto, que casi todos eran de miedo o suspense. Tuve una abuela moderna de mente fantasiosa. Soy producto de ella. Ahora, son las siestas sin sueño. A veces, como hoy, en el trabajo.

Y el verano para mí siempre tiene ese olor de los circos. Mi cumpleaños me trae añoranza de esa inocencia que hacía de mí un ser feliz. Donde había hambre yo veía talento. Y ahora sé que es posible. Que muchos de ellos son seres tan especiales que un circo se les quedaría pequeño. Malabaristas de la vida pueblo a pueblo.

En mi mente y como homenaje, he querido montar una carpa naranja con banderitas onduladas. Que parezcan en movimiento. Dejé fuera el carromato con todos los objetos valiosos guardados y a la sombra. Los animales que no se ven están detrás de los árboles, pastando. Me puse el vestido que una vez vi sobre un cuerpo viejito y flaco, pero que cuando caminaba se abría paso como el viento. Mejor dicho, me imaginé con ese vestido robado a los recuerdos.
Y me faltaba algún objeto, así que opté por el aro. Tuve uno de colores y lo movía hasta quedar exhausta y dolorida. Incluso llegué a pensar que podía volar con él.

Me tendí al sol del verano. Pensé con fuerza en mi afán de pertenecer a ese mundo donde todo es posible. Llegó la siesta. Sé que estoy flotando pero no quiero abrir los ojos. Proyecto una sombra que de vida a mi levitación. Todo existe si se puede contraponer. Me elevo. Mi aro me guía. Veo a la niña. Sus ojos.

Soy parte de este circo y sólo falta que llegue el público. Todo lo demás está preparado.

¡Con todos ustedes… la Magnifica Mujer Aérea…!

4 comentarios:

Antonio dijo...

Querida Madame:

Una vez más, conseguido el "más difícil todavía de la emoción".

Me ha sido imposible no recordar a Platero y Yo leyendo tu entrada: los recuerdos de la infancia, con sus tactos, sus olores, sus fantasías; la presencia de los niños gitanos. Especialmente el primer párrafo me parece puro Juan Ramón.

Claro que también hay una ironía no tan juanramoniana (las pulgas del perro de la vecina...) que le dan un toque muy personal.

Una vez más, un texto redondo y rotundo.

(Por cierto, el personaje del dibujo ¿es una mujer o un obispo?)

Atentamente,

A.J. Froplinson

Madame Guignol dijo...

Estimado Sr.Froplinson:

Compararme con Juan Ramón es algo que me deja sin aliento. Pero sin duda hemos vivenciado cosas parecidas aunque en diferentes épocas. Su pueblo, Moguer, y el mío, Almonte, están sólo a 35 km.

Me halaga usted. Y sobre todo me halaga por entrever la ironía que va camuflada en el texto.

Con respecto a si es o no un obispo, tendré que ponerme en contacto con el dibujante.

Pero, si fuera un obispo... sería el primero en tener "tetas".

Ahora de ser una mujer.. la verdad es que necesita un poco de corte aquí y peindado allá.

La vida del circo es caótica para el cabello... ya lo veo.

Gracias, Sr. Froplinson, por su comentario.

Elissambura dijo...

Querida Madame... Bellísimo!!!
imagen tras imagen... color... emocion... estridencia y silencios... que, sinó, es el circo!!!
Y si quiere, le presto para su carpa, los animales del zoo de mi patio

Un Gran Abrazo
Elissambura

Madame Guignol dijo...

Gracias Elissambura.

Ansiosa quedo de esos animales del zoo de su patio. Haré con ellos un número especial para los abuelos y los nietos, si le parece.

La mujer aérea, de vez en cuando, gusta de la tierra y sus seres.

Un placer contar con suministro de fantasía. Mi carpa sin ello se iría despintando.

Bienvenida a mi carromato. Tiene usted un sitio para descansar cuando guste.

Abrazos cálidos