martes, 15 de julio de 2008

Visitas Culturales



Litvulpin, a quince de julio de dos mil ocho

Estimado Sr:

Tengo la costumbre de leer. Mi casa está llena de todo tipo de papeles. La mayoría libros. A veces, cuando el tiempo lo permite, leo en la terraza. Y otras muchas, en la habitación con las ventanas abiertas y la puerta que da a la terraza también. Leo en voz alta. Incluso mi pareja y yo nos leemos mutuamente intercambiando el libro de manos como un pequeño trueque cultural. La voz. Todo es voz en aquella casa. Voz literaria que las paredes comienzan a captar. De hecho, hay algunas que comienzan a tener manchas que insinúan letras. Algo vagas aún pero prometen. Igual me pasa con los cristales. Las ventanas estuvieron en un tiempo, limpias del todo. Transparentes. Sin embargo, desde hace unos meses, se vislumbran al trasluz algo así como frases que cuelgan. Un día pensé si no sería agua que caía del tejado. Pero luego vi que no. Nadie entiende que no limpie mi casa pero sería un atentado contra la cultura. Se parecería bastante a una quema de libros. Eso nunca. Hace una semana encontré que los azulejos del baño comenzaban a tomar una consistencia de cubierta de libro. Incluso se hunde algo a la presión de los dedos. Un libro acolchado y con los lomos bien grabados. Ese parece el proyecto de mi baño. No puedo leer aún en ellos, pero confío que en breve todo adquiera nitidez. Luego están los grifos. ¡Ah!, los grifos me fascinan. Cuando chorrean y están húmedos, su superficie esmaltada deja de estar brillante y es como si en mi vaso estuviera cayendo diluido un poema. Lo escucho. Es poesía sonora. Apta para ciegos.

Claro está que este fenómeno no puedo contarlo a mucha gente. Me tomarían por un poco espesa o fantasiosa o ambas cosas… Me ando con cuidado y siempre procuro contarlo sólo a quienes, como yo, gustan de los libros y de su lectura a cualquier hora. El otro día sin más, le contaba a un amigo que cuando fui a barrer la casa tuve que soltar el cepillo porque al arrastrar las pelusas un par de verbos salieron corriendo. No podía hacerles eso. Sin duda yo soy culpable de que todas las cosas de mi casa estén transformándose en algo literario. No sería justo que aniquilara su iniciativa de unirse a mi causa. Era algo impensable hace poco. Mi casa estaba vacía hasta de silencio. Ahora se está llenando de grafías y contenido. Me dice cosas. Me escucha para componerse mejor.

Por ejemplo, las velas… Ahora les ha dado por doblarse haciendo números. No leo muchos números, la verdad, pero he pensado que quizás se haya puesto de acuerdo para ser el índice o el número de página. Me da pena cambiarlas. Parece todo tan organizado… Incluso creo que sería buena idea montar un museo para que todo el que quiera pueda ir leyendo capítulos dentro y fuera de la casa. Y como sé que la casa es un tanto bromista, creo que cada día cambiará el final de la historia para que nadie deje de ir. Por cierto, en la fachada se comienzan a manifestar otros fenómenos. Hay esbozos de pinturas. No suelo leer cuadros en voz alta, pero sí escribo sobre ellos… Como es tan inteligente mi casa lo mismo ha sentido ese impulso de mostrar por la parte de fuera lo que se escribirá por dentro, como reclamo. Le veo posibilidades. Creo que mi casa tiene más potencial como producto y marketing que yo misma.

Todo esto lo tengo ya bastante asumido. Al principio pensé si no me estaba volviendo excéntrica. Luego me dije: “mejor así, ¡que mi casa tenga voz propia!”.

Y si estoy escribiéndole, señor Ukeltar, es sólo porque ayer noche me pasó una cosa que sí me ha cogido por sorpresa y para la que quizás no esté preparada. Me han comentado que es usted de los mejores estudiosos de la mente y que además lee a sus pacientes en voz alta. Esto último ha sido definitivo para decidirme a escribirle puesto que necesito con urgencia que alguien me diga si lo que me pasó es normal o si debo preocuparme.

Sr. Ukeltar, anoche cuando estaba profundamente dormida, escuché un ruido raro que no sabía de dónde podía venir. Entre sueños pensé varias cosas pero seguía durmiendo sin fuerzas para despertarme. El ruido no paraba. Me despertó al fin. Entraba luz por la ventana. Miré hacía debajo de mi cama. Y justo allí, al lado izquierdo, el sitio donde tengo la mesita de noche con mis libros de cabecera… ¿qué cree usted que había…? Un gato. Sí, un gato.

Hasta aquí todo normal. Bueno, algo que puede asustar a mucha gente, claro. Sobre todo si no tienes gato. Pero lo que no sé cómo explicarme a mí misma ni a usted ahora, es cómo aquél gatito podía estar leyendo uno de mis libros mientras maullaba y con una patita pasaba la página. Sucedió tal y como se lo cuento. No me dejo nada por detrás. Lo tengo grabado en mi cabeza y me da vueltas todo el día. Hoy me he tenido que tomar tres analgésicos para el dolor.

Espero impaciente su respuesta ya que ahora no sé si debo dejar mis libros afuera para que los animales que se acerquen puedan ir ilustrándose, o alejarlos para no influir en su reino ni su forma de vida hasta la fecha. No quisiera ser culpable de alguna barbaridad.

Confío en que sabrá darle el tratamiento que debe a esta información tan delicada.

Su admiradora,

La Sra. Bolipampe

PD: Al acercarme al gatito, se tiró panza arriba para que lo acariciara. En esto, al menos, parece que la cosa no ha cambiado por ahora. Y por si le ayudara en algo le digo que el libro que había elegido era “Mil Cretinos de Quin Monzó”.

4 comentarios:

Antonio dijo...

Mi muy querida Madame:

SI su último texto era un homenaje al lirismo nostáljico de Juan Ramón
(y escribo nostáljico con j a la manera juanramoniana). Hoy su carta está escapada de un libo de cuentos de Cortázar. Comienzo a sospechar que los espíritus de los grandes autores la poseen de vez en cuando.

Toda la fuerza del realismo mágico americano, con su carga de ironía y su espacio para la sonrisa. Y una bellísima declaración de amor a la literatura.

Una vez más , felicidades, Madame.

Atentamente,

A.J. Froplinson

Adrianina dijo...

Cuanta magia en tus palabras, también me gustan muchos las imágenes.
Pasar por aquí, fué como un paseo por el jardín, muy fresco.
Te seguiré visitando
Un beso
Adria.-

Madame Guignol dijo...

Hola Adrianina...

Me alegra ver que ves magia donde yo la siento. Es cosa del universo. Estoy segura.
Que compares este paseo con un jardín fresco, es un halago bello.

Cuando gustes, por aquí estoy.

Tienes un blog curioso que espero ir visitando de vez en cuando.

un abrazo

Madame Guignol dijo...

Querido Sr.Froplinson:

Decirle que en mis declaraciones de amor no distingo la literatura de la vida.

De ahí la fuerza de la magia y eso que parecen visitas de ultratumba de los grandes escritores.

Algo me posee sin duda. Y es probable que se mi forma de mirar.

Me da pena saber de su partida hacia mundos tan lejanos.

Este microcosmos seguirá sin duda completándose y alguna noticia le llegará, estoy segura.

El Universo sabe hacer llegar los mensajes.

Con afecto,