miércoles, 13 de agosto de 2008

Córdoba Sorpren-dente

Viajar es conocer. A veces conocerse.

He visitado de nuevo Córdoba. Quería estar con una amiga, dar un paseo, quizás ir a una piscina intentando soportar el calor asfixiante que esperábamos… Si daba tiempo y no nos achicharrábamos la idea era ver algún monumento. Y aunque conozco bastante de Córdoba, siempre me subyuga. Y de subyugarme quería hablar precisamente.

En la noche del sábado fui “subyugada” de una forma que jamás hubiera pensado. A mi amiga se le ocurre que quedar cerca del río es buena opción. Intentar subir a la terraza de un hotel desde donde las vistas son maravillosas y el aire corre refrescando nuestros cuerpos, sonaba de veras apetecible. En eso estábamos y allí fuimos. Antes, claro, había que pensar en dónde comer. Al no ser de allí, dije que me dejaba llevar. Que todo estaría perfecto. No tenía preferencias. Llamamos a otro amigo al que le pareció perfecto el plan. Y allí que se presentó con la mejor de sus voluntades.

Córdoba me recibió al lado del río con una brisa exquisita. El calor se dejó vencer y el río me instaba a pasearlo. Pero había que comer.

Mi amiga sugiere una pizzería donde ponen las mejores pizzas de Córdoba. A mí me encanta la comida italiana incluso en Andalucía… los demás no ponen objeciones… y llegamos al “PIZZA +”. Apenas había gente. Nos situamos en su terraza. Cerca del río. Miro el cartel, intento meter el ojo en el bar y viene su amable camarera. Toda ella llena de sensualidad y amabilidad. Nos indica que si somos tan amables vayamos dentro a mirar la carta y elijamos alguno de los variados y suculentos manjares que el chef puede ofrecernos, Obedientes, hacemos el pedido de la bebida y aceptamos de buena voluntad su ofrecimiento yendo por turnos a leer la carta y elegir nuestra cena. Mi amiga y yo nos adelantamos y estuvimos de acuerdo en pedir una pizza partida en dos para que fueran diferentes y compartirlas. Su hermana y nuestro amigo, nos siguen en el turno. Desde fuera vemos que tardan mucho. Que hablan con el camarero, que preguntan a la camarera, que se giran hacía la pizarra, luego hacia la barra otra vez… y que por fin vienen hacia la mesa. La hermana de mi amiga, llega medio sonriendo y nos cuenta que dentro de ser una pizzería y restaurante italiano, nuestro amigo tenía antojo de un “Flamenquín” y que así lo hizo saber. Nuestra camarera fue nombrada en ese momento hija predilecta de la ciudad por todos nosotros. Con sus movimientos armónicos indicó a nuestro amigo que no tenían Flamenquín en ese momento, pero que eso no era inconveniente, porque el cliente es quien solicita y ellos los que ofrecen. Que le prepararían el mejor Flamenquín de todo Córdoba si esperaba unos minutos.

¡Cómo resistirse! – pensamos todos en ese instante y como si nos hubiésemos puesto de acuerdo hacía rato, todos cambiamos nuestro menú por uno de esos Flamenquines exquisitos.

Y subyugada como ya me tenía la ciudad, sus gentes y hasta sus camareras elegidas de no sé qué cuentos árabes… me dispuse a esperar mi Flamenquín humeante y crujiente. Pero la chica no hacía más que monerías con los niños de los clientes que iban llegando, ir y venir por las mesas con su sonrisa siempre renovada y con palabras amables cuando alguien le pedía platos para compartir. A lo que ella contestaba con - “por supuesto, señor, nada más agradable que compartir la comida con los amigos, ¿verdad?, en seguida les traigo platos y cubiertos para todos” ¿Los quieren de color verde o rojos? –

“Rojos” dimimos todos al unísono. Se ve que nos sentíamos contagiados por su pasión y destreza. Rojo como la sangre que fluye como el río. Porque de todos es sabido que cuando se nos sube la ternura, se vuelven las frases cursis… o algo parecido…

¡Ay! Subyugándome más y más por instantes…

Llegaron los platos, nuestros Flamenquines, sus olores sin argucias, directos a las pituitarias y al aparato digestivo… Llegaron más risas, más bromas de la que ya para entonces era nuestra camarera favorita por los tiempos de los tiempos… Más palabras para halagarla que surgían a medida que comíamos. Y me sentí como en la película “Como Agua para Chocolate”. Mientras mi Flamenquín iba esófago abajo, algo en el espíritu se elevaba y la sonrisa me iba floreciendo. Estoy segura, sin verlo, de que el chef, mientras enrollaba el suculento jamón con su queso e iba rebozando todo en pan rallado, debía estar entonando una melodía antigua que hacía florecer los campos. Así comenzamos a sentirnos: Florecidos por dentro.

Y yo, al completo Subyugada.

Qué poco sabía yo del poder de un buen FLAMENQUÍN. Ya lo digo al principio: viajar es conocer y conocerse.

Por supuesto, el resto de la noche, en la que hubo verbena, cantes y bailes; paseos por el río donde mis amigos me mostraron la fuerza del agua, un molino recuperado y algún que otro secreto lugar donde los amantes se refugiaban… durante toda la noche no pudimos sino nombrar de vez en cuando a esa maravillosa chica de andares tan sutiles que parecía que flotaba. Se me antojaba un elfo.

Fue una noche maravillosa por la compañía, las especias que aún Córdoba guarda de su pasado y que se pueden ir oliendo a cada paso… y por ese manjar enrollado que en apariencia es vulgar, pero que da, como ya han visto ustedes, mucho juego.

Lo malo (o bueno) del asunto, es que ahora, desde ese día, es tal la fama que hemos dado al lugar y su camarera, que comienzan a llegar excursiones completas a comer Flamenquines y hasta los solicitan por teléfono desde todos los lugares del mundo.

La última noticia que tengo es que desde las Olimpiadas Chinas han hecho un pedido para que todos los deportistas prueben este manjar. Ya han pasado la prueba del dopaje y por lo visto ha dado negativo. Eso es buena noticia. No cabe duda de la buena estrategia comercial que es, puesto que no habrá muchos lugares en el planeta que puedan escapar a la influencia “Flamenquinesa” del Pizza + Cordobés.

Lleven sus currículos si están en paro. Se adivina que ampliarán su plantilla para poder atender tanta demanda.

Ya me contarán cómo fueron sus Subyugaciones…

Repito, yo aquí yazgo, subyugada… El poder del Flamenquín me ha dejado flotando por los rincones de Córdoba y estoy como hipnotizada, repitiendo la misma escena dentro de mi cabeza una y otra vez… como esos bailes que al final te hacen entrar en algo parecido al “éxtasis”.

Por cierto, de todo lo demás que hice no guardo recuerdos… sólo de que el domingo llegué a mi casa y no estoy segura de si hubo piscina, monumentos o jardines que visitara. Algo tiene el Flamenquín… Algo tiene…


NOTA: Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Como siempre hago, cojo trozos de aquí y de allá, fabrico mi collage y fantaseo, fantaseo, fantaseo… Luego le añado ironía casera y voilà. El producto nada tiene que ver con la realidad. Pero por favor, por si acaso, no dejen de visitar este lugar en Córdoba y pidan, os lo ruego, el famoso Flamenquín. Nunca se sabe donde está el límite entre realidad y ficción. Prueben a ver…

Información Suplementaria
El flamenquín es un plato típico de Córdoba (España). Origen etimologico,por su color de rebozado de huevo batido, rubio como los flamencos que llegaron acompañando al emperador Carlos V.
El flamenquín consiste en trozos de
jamón serrano enrollados en lomo de cerdo, rebozado en pan rallado y posteriormente frito. Se acompaña normalmente de patatas y mahonesa. Una variante común es sustituir el lomo por jamón de york. También pueden elaborarse con otros muchos rellenos en lugar de jamón: queso, chorizo, etcétera.
El tamaño del rollo una vez elaborado puede ser variado, desde una simple bola hasta flamenquines de 40 cm de largo, y se puede servir en trozos o bien entero.
Fuente: Wilkipedia

Recetas de Flamenquín
Ingredientes para cuatro personas:

- 8 lonchas de jamon york
- 2 huevos duros
- 2 huevos
- 2 latas de atún
- 1/2 cebolla
- una ramita de perejil
- 8 lonchas de queso
- pan rallado
- sal

Elaboración

Picar las cebollas, el perejil, los huevos duros y el atún y hacer una masa con ellos. Poner en cada loncha de jamón una loncha de queso y un poco de la masa anterior y enrollar. Pasar por huevo batido y pan rallado y freír en abundante aceite.

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