lunes, 22 de septiembre de 2008

Otoño

Quería tener primaveras en las manos. Sus ojos no opinaban igual. Deseaban el rojo de la tierra. Se sabía en otra estación. Una estación lejana donde a las mujeres les crecían hojas en vez de cabellos. Donde los años se medían por anillos y la piel hecha corteza se agrietaba como signo de belleza.

Anhelaba lo verde. La brisa de lo tierno. Lo primero nacido. Su cuerpo se torcía dejando visible su pasado. La cosecha de los días. Fuera de este tiempo buscaba sólo un camino. Se enternecía con el ensueño.

Acicalada, decidió sostener sus últimos brotes, cantarles una nana y echarlos a volar. Sabía que todo lo libre vuelve. Se miró. Su rostro reflejaba muchos contornos y alguna vida que no recordaba. Quizás el rastro del agua. Algo intuía de las corrientes que navegan por la profundidad. Nunca sus ojos habían estado tan maduros. Tuvo miedo de ser recolectada. Aún no es hora, pensó. Antes debo limpiar de malas hierbas la razón.

Al sentirse sacudida comprendió lo inevitable. Los ciclos son perfectos. Avanzó guardando las manos en la arena. En ese no-movimiento fue libre. Bebió y pudo esperar. Cuando otra mujer-otoño se vio cubierta de una hermosa cabellera de hojas, se repitió el proceso. Todas clavaron sus brazos.

Hoy pisamos un bosque lleno de senos, de leche que amamanta a la tierra y de cuyas caderas nacen valles.

Quería oír al universo, la mujer-otoño. Todos los demás se acercan, la abrazan y saben decir porque ella escucha. Se le ramifica el oído con las sílabas de otros. Con las suyas nada hace. Espera. Su silencio aguarda. Es quizás otro brote que un día pondrá en su mano y no sabemos si querrá dejarse llevar.


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