jueves, 23 de octubre de 2008

Detrás

Me ponían siempre a mirar hacia la calle. Era aburrida. Casi nunca pasaba nada. Bueno, sí. Pasaban cabras con su pastor que dejaban un reguero de bolitas negras parecidas a las canicas. Nunca pude comprobar si eran duras o si el olor intenso venía de ahí. Por alguna razón yo sabía que eran los pelos de las cabras los que olían mal. A pesar de no haberlas tocado. Desde la ventana el tacto es inútil.

Una vez pasado el rebaño, aparecían los pájaros. Se volvían locos picoteando. Y es por eso que pensé en que aquello no podía oler de forma tan intensa. Los pájaros no me parecían, por aquél entonces, tan tontos.

Había también un señor que pasaba vendiendo pan en un carro tirado por un caballo. Y unos palos largos y crujientes (de pan) que mi madre siempre me compraba y me daba a través de la ventana. El caballo, al irse, dejaba también algún regalo oloroso en la calle. Sobre las once o así, la habitación de mi madre olía a limpio, pero la calle olía a vida. Sólo yo estaba en la frontera. En ese instante me giraba y me dedicaba a contemplar lo que yo imaginaba como fantasmas.

Aparecían de repente muchos más postigos en las ventanas. La pared se desprendía por trozos y el espejo envejecía y ya no daba reflejos nítidos. Luego, de la nada, aparecían las figuras en el suelo.

Debo añadir que cuando esto empezaba yo apenas me movía y mis ojos se parecían a los dibujos de lo niños en los cuadros de mi casa. Mi madre de vez en cuando me preguntaba si estaba bien y yo tardaba en responder. Sentía miedo de que todo se diluyera. Nunca entró mi madre en este escenario y por ello no sé si hubiera podido verlo. Una mañana se coló un pájaro, y todo quedó igual, salvo por una pluma que se quedó un rato girando y que me distrajo hasta posarse.

Abajo los cuerpos si nada. Todo piel. Y yo en el vértice. Sentía que debía dejar espacio para el aire. El que ellos exhalaban. El necesitado debía poder entrar. Nunca eran gestos bruscos. Suavidad en cada pose como buenos bailarines. A mí me parecían peces blancos. Y no sabía si existían o no. Pero ellos eran peces blancos. Por alguna razón me gustaba más el cuerpo de ella. Era más parecida a los corales que veía en los libros del colegio. Sus brazos sutiles se movían como si la habitación estuviese llena de agua. Algún día lo pensé. Si no estaríamos flotando en aquél espacio y por eso no llegaban los ruidos exteriores.

Él hacía malabares como en los circos. Menos grácil, más disciplina en las piernas y la robustez que hacía que pareciera a veces un árbol.

Bellos los dos. Yo solo. Al borde de algo.

A las doce tocaban las campanas. Él se dejaba caer sobre ella con el último eco metálico. Mis peces blancos dormían.

Yo me centraba entonces en la ventana. Los postigos se convertían en dos y en la habitación comenzaba a haber sonidos de cocina. En la calle los aromas.

Mi madre me nombraba y sólo entonces, la vida de la parte de afuera de la ventana, volvía a interesarme.

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