lunes, 3 de noviembre de 2008

DAR C-OLOR

Me apareció un día del ayer. Uno de esos días que pensaba se había marchado. Por eso se llama “ayer” a todo lo acontecido. Ese día ha vuelto de repente y me veo a mí misma con las uñas pintadas. Y algo que puede parecer tan poco llamativo, lo es. Nunca me pinto las uñas. Sobre todo la de los pies. Pero aquél día una amiga se esmeró en ponerme “guapa” o “apetecible”, no lo sé. Y ahora me pregunto qué tendrán que ver los pies en esto de las apetencias. Es curioso que no recuerde el color. Sólo el brillo. Mis pies terminaban en trocitos brillantes que reflejaban la luz que se dejaba resbalar entre persianas.

Una tarde de hace tiempo. Años ya. Unos muebles inexistentes, Todo por montar porque mi amiga acaba de mudarse. Un colchón en el suelo que parecía nuestra nave. Y esa nave estaba siendo utilizada para transformarme. Ya no recuerdo si además de las uñas pasaron más cosas. Quiero decir que las mujeres en estas ocasiones en que queremos seducir o ser seducidas nos hacemos muchos retoques del todo innecesarios. Y aún sabiendo este dato, optamos sin duda por depilarnos, maquillarnos de forma especial, ponernos el pelo para otro lado o más ahuecado unas y liso otras, y hasta por pintarnos las uñas que habíamos olvidado tener. Es como dar pequeños saltos en el tiempo.

¿Están vivos los recuerdos? Es probable que sean entes. Que su vida se alimente dentro de nosotros. Aguardan como buenos felinos. Sí, los míos son “recuerdos-pantera”. Saben perfectamente aguardar en silencio hasta el momento justo. Atacan certeros. He sido presa de un día ya gastado. Aunque dudo ahora de su buena digestión. Quizás no debí tragarlo tan deprisa. O me faltaron jugos con los que diluir tantos minutos especiados. Demasiados sabores juntos. Poco tiempo para tanto.

Me llega el olor del esmalte. Y veo mis pies sujetos por las manos de mi amiga. Quién me niega que aquél día yo no fuera sólo eso, dos pies decorados que pensaban por si mismos. Porque es extraño que no recuerde mi rostro. Y sé que me disimulé los nervios con alguna raya en el ojo o un poco de color en los labios. Hoy, cuando este pasado me surge, la importancia sólo la tienen unos dedos pequeños y la ropa con la que adorné la piel. Era verano. Pero me llega el olor de la acetona como si fuera una estación donde me detuve.

Con los pies pintados me fui sola. Al encuentro que intuía. Al descuido de una palabra que me estaba naciendo y que me hizo olvidar todo el acicale. Ningún aderezo tuvo importancia cuando te vi. Y si hubiera ido desnuda incluso de color, también hubiera dado igual. Desde ese instante sólo fueron dos ojos. Sé que había música, árboles y manos. Muchas manos. Incluso me acuerdo de las manos que no eran las nuestras. Unas hablaban o tocaban y las nuestras huían de lo evidente.

Hubo tantos silencios entre ellas…

Debo enviar este día a dormir. Dejarlo donde estaba. Aunque no es lo que deseo. Y vuelvo a la pregunta de sí lo viví o lo dejé a medio vivir y por eso se me instala en el hoy. Como una larga absorción. Debo tener el esófago de la memoria excesivamente largo. Sé que me niego a eliminar. Soy una recolectora. Guardo para el invierno incluso las caricias. Y hoy… hoy… quiero tener las uñas de los pies entrenadas para el camino, por si de nuevo las necesitara.

La forma en la que el tiempo acontece sigue siendo misteriosa. Aquél día no tocaste mis pies. Pero sé que cuando nos acariciamos las manos, ellos estuvieron contentos. Después de todo cumplieron su cometido. Y supieron esperar.

Nunca más he pintado mis uñas. Es probable que sin saberlo estén esperando tu momento. El día en que tus manos los perciban como lo que son. El final de mí. El comienzo de algún camino o el desierto.

Sin darme cuenta el día del ayer que hoy me visita, se ha hecho presente. Y esta vez no he necesitado tener las uñas pintadas para que tus manos se posaran en mis pies.

Todo ciclo es redondo, dicen. Ahora recuerdo el brillo de mis ojos cuando aquél día llegué a casa. Es como si el esmalte se me hubiera subido a la cabeza. Hoy, sin ninguna laca que embadurne, he construido un puente para que los días de ayer contigo, vayan y vengan a capricho. Es mejor no oponerles resistencia.

2 comentarios:

Ana Espinosa dijo...

Encantador, encandilador, muy bueno Carmen.

Madame Guignol dijo...

Gracias Ana.

Encandilar con unas letras a alguien que las ama, es todo lo que necesito para sentirme contenta.

Cuando se siente, la escritura llega a todos los lugares. Siempre estaré convencida de ello.

Un abrazo.