viernes, 21 de noviembre de 2008

Integral

Roberto Fabelo


Hoy sentí ganas de desnudarme. Ir por las calles sólo con la piel. Lo que de verdad soy a la intemperie. Ninguna importancia al color, la falta de él o los lunares. Como si todo pudiera ser semitransparente y verse sólo el interior.

Quise quitarme las caretas, los atuendos que tanto pesan en la calle cada día. Y desee de una forma casi hiriente deshacerme del frío a base de atrevimiento. Retar a la mañana con la más pura esencia del día primero que respiré.

Sentí y siento ganas de arrastrarme por las aceras como una mujer. La mercancía que la muerte tanto busca y que no sé dónde ni cuándo localizará. Siempre fui consciente de estar muriendo. Para qué tanta cubierta. Y qué lindo sería ver esas pieles con sus tonos y sus brillos reconociéndose.

Si todos fuésemos a piel descubierta y al pasar, las miradas sólo recabaran en los ojos de los otros, los encuentros serían tan crudos, tan verdaderos que nada más importaría.

Al ser humano le cuesta tanto reconocerse en la diferencia… Y qué otra cosa somos sino diferentes. Sólo nos iguala el fin.

Sé que a veces, en determinados estados esquizofrénicos, a los enfermos les da por desnudarse. Siempre me resultó curiosa esta manifestación. Está estadísticamente anotado en algún lugar que parte de su sintomatología. Me pregunto si no será que la enfermedad les quita ese pudor que otros sentimos ante el hecho de ser sólo nosotros en cualquier lugar, haya o no gente que nos mire.

Sentí ganas de desnudarme. Y lo hice nada. Igual que cuando siento ganas de abrazar y me reprimo. Exactamente igual que cuando quiero huir y me quedo. Y por supuesto, una copia calcada de los momentos en que me sentí perdida y disimulé todo el tiempo para dar a entender que mi lugar en el mundo era justo aquél donde yo caminaba.

Quise desnudarme y seguí con el teatro en la calle. Sin embargo, he decidido desnudarme en mi casa. Al menos allí. Delante de las ventanas cerradas que hacen las veces de espejos. Lo que no sé es cómo vestirme para no perderme más.

Creo que todos nos hemos buscado en los ojos de alguien alguna vez. Ahora no sé si da más miedo verse tal y como uno es en esos ojos, o ver un pozo sin fondo donde se va cayendo sin remedio. Cómo se hará para buscarse dentro de los ojos-abismo.

Hay días en que desnudarme es lo mejor que podría hacer por los demás y por mí.

Lo que no he decidido aún es dónde guardar la ropa. La parte más razonable que tengo me está diciendo todo el día “ten siempre algo a mano con lo que taparte…”.

Digamos que mi desnudez durará sólo el tiempo de sentirme vulnerable.

1 comentario:

Carlos Serra Ramos dijo...

Excelente relato, Carmen. Me gustó de principio a final. Puede que influya el ser de la misma opinión.

Siempre me llamó la atención el pudor de las mujeres vestidas y la libertad con qué se muestran en las playas. Para mí, el uso de la ropa sólo tiene sentido como abrigo, e higiene, en determinadas partes del cuerpo. Y no es un desatino, vemos en muchos reportajes que algunas sociedades no la usan con lo que se evitan miradas furtivas malintencionadas.

¿O quizá, alguna dama descubrió que cuanto más tapada mayor admiración y deseo despertaba?

Insisto, me gustó el tema y su buena exposición.

Mi saludo cordial, Carmen.

Carlos Serra
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