viernes, 7 de noviembre de 2008

Remedios


Tengo cara de viernes. Cara de haberme quedado atrapado al final de la semana.
Hoy al levantarme me vi un poco demacrado. Hacía siglos que no me miraba en el espejo. Claro, desde que no me veo en él. Al principio pensé si no sería el polvo, las telarañas… Incluso accedí ante un comercial pesado a comprarme un centenar de espejos mágicos. Me dijeron que en algunos cuentos eran bastante efectivos. Y nada. En fin…, que he optado por mirarme en un laguito que tengo detrás de mi morada. Está un poco verde puesto que hace unas décadas que no llueve, pero aparto con la mano la mugre y consigo ver mi aspecto. Nunca he sabido por qué el agua tiene el don de reflejarme. No sé si habrá comerciales que puedan venderme lagos más limpios y de paso explicarme cómo funciona esto de los reflejos.

También he detectado en mi figura cierto encorvamiento. Y es que desde hace más o menos doscientos años las puertas de mi mansión han comenzado a empequeñecerse. Intuyo, que para poder pasar por ellas, me voy doblando de forma instintiva y de un día y otro y otro… Y lo mismo pasa con la anchura. Mis brazos se me van pegando a la parte delantera del cuerpo. Es la única forma de pasar entre los bastidores. Tengo mis dudas de si las puertas necesitan alimento. Si es por eso que andan pequeñitas y estrechas. De no comer. Porque recuerdo ahora, que hace mucho esta casa estaba abierta a todo el mundo. Había fiestas, comilonas, juergas y días donde simplemente la gente pasaba y pasaba de una puerta a otra jugando al escondite. Y claro, las puertas estaban felices. Pero no acabo de comprender por qué alimentan las presencias. Todos se iban igual que venían. Quiero decir que si tenían una cabeza, dos piernas y algunas cosas más… así es como salían. Por eso puedo afirmar, que comer, lo que se entiende por comer, no comían. Seguro, para esto también hay alguna solución: “Comida para puertas”.Veré si encuentro algo en las enciclopedias de mis antepasados.

Me gustaría poner color en mi vestimenta. He buscado entre los armarios y todo es tan gris. Casi negro, diría. El inconveniente es esta alergia que tengo al sol. No me sirve de nada que me traigan la ropa a casa. Si pruebo a ponérmela y darme un paseo, siempre tiene que ser a solas. De noche. A oscuras. Los colores no lucen y estoy empezando a estar un poco harto. Heredé una fortuna pero son muchos siglos los que me quedan por delante y debo administrarme bien. Comprar colores que nadie verá no tiene sentido.

Dónde únicamente he encontrado un poco de luz y de solución a mi mala cara, es la posibilidad de que alguien me visite. Encandilarlo sin morderlo. Que quiera quedarse conmigo aquí. Así ambos podemos ponernos colores para el otro. Tendría más sentido y casi no haría falta que llueva para que el lago nos refleje. Cada uno sería como el espejo del contrario. Que sea de noche o de día cuando podamos pasear ya no sería problema. Y si sigo atrapado para siempre en un viernes, al menos seremos dos, que es algo que sólo con pensarlo ya me alivia.

Por cierto… no recuerdo cuándo se me cayó el pelo.

¿Será bien visto que un vampiro artrítico seduzca a una doncella para estos menesteres...? Eso he preguntado ante el ataúd de mi padre. Y él, que siempre me quiso mucho, ha contestado con el silencio. Y ya se sabe, que el que calla, otorga.

Vengo de mirarme en el agua. Por entre los dientes se me comienza a poner cara de sábado.

2 comentarios:

Fernando Sanz Kunze dijo...

¡Qué bonito!

Madame Guignol dijo...

Gracias.

Es un placer compartir las letras.

Un saludo.