lunes, 10 de noviembre de 2008

Sobre cómo soñar

Este pequeño cuento, si es que puede llamarse así, está escrito hace casi un año. Pero por varias razones me vino a la mente. Hay demasiados tropiezos en la vida que nos impiden seguir soñando con un mundo mejor. Y yo quisiera poner mi pequeña aportación para que eso no ocurra. Al no poseer una varita mágica o los conjuros suficientes que alivien esa desazón que se nos instala cuando creemos que nunca más tendremos ilusión o la capacidad de ilusionarnos, opto como casi siempre, por la palabra. Y pretendo así que las letras hagan las veces de los ojos de serpiente, los rabos de lagarto y la pizca de huesos necesarios para que del caldero salgan chispas y un humo capaz de atraparnos en una atmósfera propicia a los sueños. Como ya dije en un poema hace tiempo "Lo que no parece posible, sucede". Os invito a soñar. Pocas cosas en la vida nutren el espíritu tanto como un buen talante a la hora de imaginar. Os dejo este pequeño relato:



Ayer hubo un conejo que hablándole a Alicia le reprendía sobre la hora y decía algo así como que había que descansar… “Dulces Sueños”, decía.

Y Alicia, obediente sólo en parte, se metió en la cama con la sola idea de soñar con él. Ella ya sabía, por el cuento, que él era un conejo suave, calentito y muy sabio. Algo juguetón y travieso, pero entrañable. Así, que medio acostada, intentó pensar fuertemente cerrando los ojos (esto se lo enseño su abuela) para que con un último pensamiento pudiera crear un sueño perfecto donde ella y el conejo pasearan y disfrutaran de cada cosa de la vida. Por experiencia sabía, que cuando se tienen buenos sueños, las personas se levantan sonrientes y con esperanzas.

Tapada con su manta de colores, encendida la luz naranja que proyecta flores en la pared y con la imagen elegida flotándole en la mente, Alicia creyó que no tardaría en venirle el sueño.

A poco que su cuerpo se fue aflojando y su respiración se hizo intensa, el conejo aparecía y desaparecía envuelto en algo así como bruma. Alicia supo que era el momento de apagar la luz y sumergirse.

Sin flores en la pared, si luz que distorsione, la imagen cobró fuerza. Al rato, ya no sólo veía a su amigo querido, sino también sintió que de alguna manera ella abandonaba la cama para ir introduciéndose en el sueño. Recordó la obligación que existía en aquél país donde La reina de Corazones le dijo que era necesario creer en seis cosas imposibles cada día, y sonriendo dijo en voz alta “Esta sólo es una de las cosas; nos faltan sólo cinco”. Así fue como durante el sueño, junto al conejo, se propusieron buscar y hacer la lista de esas cinco cosas que faltaban.

Hay que decir que el conejo no creía del todo en nada y eso de buscar cosas imposibles se le hacía un poco cuesta arriba. Pero Alicia tenía fuerza y perseverancia, además de tiempo. Ya se sabe que en lo sueños el tiempo no existe.

Conforme avanzaban por caminos imaginados se dieron cuenta de que no hacían falta las palabras; que los roces involuntarios (¿o eran voluntarios…?) se traducían en sensaciones fuertes dentro de ellos. Lindo fue el momento del abrazo. Lindo y cálido. Fue como si de entre sus cuerpos se levantara la calima dejando al paisaje sin protagonismo. Sólo Alicia y él. Nada más importaba.

Hubo un instante en el que el sueño peligró. Es cosa que todo el mundo sabe que cuando en un sueño nada sucede y se paran las imágenes se corre el peligro de despertar. Como el abrazo era tan bueno, ellos no quisieron separarse pronto y el sueño comenzó a perder color y nitidez… Alicia se dio cuenta rápida y separándose de él le dijo bajito “Sigamos paseando de la mano… ¿quieres?”, así no despertaremos aún”. Por supuesto que nuestro querido conejo estuvo de acuerdo con ella. Ya hemos dicho que era tierno y entrañable.

Al mirar el horizonte el conejo confesó a Alicia sus miedos. Ella, confesó cosas de su pasado, de cuando era la protagonista del cuento y le pasaban cosas tan raras y fantásticas. Ambos comprendían. El paseo continuaba.

Pero saben que en los sueños a pesar de no existir el tiempo, si existen la noche y el día. Pues eso, que llegaba la noche, ninguno de los dos quería separarse y fuera del sueño hacía frío. Fue difícil para los dos decidir en qué instante se pararían para que el sueño terminara. Ningún momento les parecía propicio pero sabían que podían citarse para soñar juntos al día siguiente o en otro momento. Los sueños respetan mucho estas cuestiones; realmente de estos acuerdos es de lo que se nutren. Una vez acordado el día, se cogieron de la mano, apretando bastante (eso sí), por el deleite que les daba sentir sus pieles… y se quedaron quietecitos hasta que el sueño se fue derritiendo y al final despertaron cada uno en su lugar.

Al incorporarse a la vida normal, donde a veces no caben los sueños, algo había cambiado: Tanto el Conejo como Alicia, iban por la calle con una ENORME SONRISA.

Los vampiros de sueños sintieron envidia. Los que no saben que existe esta forma de placer, los miraban sorprendidos y los que alguna vez lo habían experimentado les echaban miradas cómplices.

“No importa la hora, querido Conejo”, dijo Alicia. “Lo verdaderamente importante es saber que seguiremos construyendo Sueños”

Nos vemos dentro del Espejo.

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