lunes, 1 de junio de 2009

De las usanzas


uno dudando si hay o no verdad

uno mil veces, uno soledad

uno escuchando a su corazón

uno queriendo ser dos


Noa (Uno queriendo ser dos)


De las usanzas


De la verdad. De la mentira. De los comienzos y finales. De todo se puede escribir. Todo nos puede escribir. Somos papel o estrellas. En determinados momentos ni siquiera somos materia. La tendencia humana a desaparecer. Momentos de muertes nos rodean como pequeños pájaros que picotearan sin ton ni son la esencia de la que estamos tan orgullosos. Y es que la muerte por trozos es así. Se te va instalando a través de pequeños agujeros apenas perceptibles, deja su huevo que crece y crece… luego el gusano del dolor que nos carcome y finalmente la podredumbre que huele a tiempo estancado.

Es como estar llenos de posibles metamorfosis.


Manuela, por ejemplo, es una señora que nunca ama como costumbre. Manuela ama por la intemperie de las pieles, por los contornos de la duda, e incluso se atreve a juguetear con las espinas que ve salir de su corazón. Les hace trajecitos para que no se rocen entre ellas.

A esta tremenda mujer solo una vez se le lleno el hueco del corazón de barro. Lo normal en Manuela era tener un valle lleno de astillas que acariciaba y a las que dedicaba sus mimos y tarareos. El nombre de ella era un castigo. Cuando el amor la envolvía todos juzgaban que Manuela debía ser madura, conocer los trucos amatorios, seducir constantemente. Y la verdad es que Manuela era niña. Su inocencia sobresalía por algunas vocales de su nombre; “sobre todo por la a “sonreía ella mientras pensaba en lo lindo que hubiera resultado llamarse solo “Ma”. Sabia perfectamente que cuando se llegaba a la segunda sílaba, su nombre adquiría dureza porque “nue” con ese golpe seco de voz, era como perder la ternura.

De la verdad sabía ella lo de siempre. Que no tenía color pero que la gente la convertía en negra. Y de la mentira, Manuela lo sabía casi todo, pero de oídos. Ella no tenía costumbre de saludarla. Y en lo que tenía casi un adiestramiento razonable era en el tema de los comienzos y finales. Si el amor llegaba, Manuela cogía la calculadora y con una serie de parámetros conseguía de forma rápida y eficaz el resultado de la “x” en aquella ecuación de grado máximo. Así fue como consiguió saber de forma matemática como debía organizarse para los duelos que inevitables llegarían. Cuando faltaban unos diez días para el final, Manuela iba al supermercado, compraba pañuelos de papel en abundancia y mucha fresa. Eso no tenía explicación para ella, pero cuando sufría, necesitaba comer fresas rojas y duras. Y claro... sonarse los mocos. De los mocos también sabía bastante.

En los brotes solo le daba tiempo a comprar pan para el desayuno. Pan y queso. Porque era de voz popular que “con pan y queso todos son besos...” o algo así… y Manuela quería besos, cientos de besos, miles de besos, millones de besos como estrellitas de sal

En la tarde Manuela se ponía a escuchar su corazón. Lo hacía girar como un tocadiscos antiguo. Hablaba con el, le sacudía el polvo, le limpiaba las legañas y le soplaba como a el le gustaba en sus orejitas. El corazón de Manuela era muy agradecido y con tanta atención no podía resistirse a contarle aquellas cosas que Manuela no podía saber por si sola.

Un día le contó que su amado ya no lo era. Y se fue corriendo al supermercado. Esta vez no para ella, sino para hacerle un regalo a él, que nada sabía aún. Así fue como primero le dio el regalo y luego las palabras “ya no”. Lo mas increíble es que el chico quedo mas sorprendido por las fresas que por el rechazo. Así era Manuela, previsora y precisa. Una mujer que quería ser dos, pero no siempre ni de cualquier manera. Debían darse los encajes y las alteraciones justas.

La última vez que Manuela amó tuvo un desperfecto. Es decir, se llevo muchas tardes sin hablar con su visceralidad. Y llegó la noche y el amado. Luego los besos de pan de la mañana y de nuevo la tarde en silencio. A la segunda noche el corazón de Manuela, aprovechando que ella dormía, salió sigiloso y dejándole una nota la abandonó para siempre.


Querida “Ma”:


Si tu no escuchas yo no hablo.
Si yo no hablo te vuelves mayor y yo quiero a la niña que me sopla y que me enternece con sus caricias incluso cuando estoy lleno de espinas.
No veo razón para quedarme. Latir por latir nunca fue un trabajo que me causara ninguna satisfacción y me ha contado el corazón de tu amante que esta vez quizás se quede contigo un tiempo. Me siento desplazado, lo admito. Como corazón que soy, necesito las tardes para hablar. Te enviaré señal de dónde estoy por si me necesitaras un día. Después de todo, seguiré siendo por siempre el corazón de Manuela. Ya no tienes preguntas, ya no. Pero yo tengo respuestas. Estaré para ti cuando las busques. Y tápate, que no vea ningún humano que amas sin corazón. En el agujero, pon por ejemplo, alguna manzana, quien sabe si no te ayudara más que este pobre trozo que soy.
Te echaré de menos en las tardes.


uno en la noche,

uno al despertar,

uno soñando una mitad

uno asustado,

uno y su dolor,

uno queriendo ser dos


Noa (Uno queriendo ser dos)

2 comentarios:

radioblogueros dijo...

Interesante formar de narrar. Saludos radiofónicos ;)

Madame Guignol dijo...

Gracias. Me alegra que resaltes de esta forma la narración. Escribo tal cual miro... quizás esté ahí la forma diferente.

Esta es tu casa... quedas invitado.

un abrazo y de nuevo Gracias.