martes, 22 de septiembre de 2009

Tendedero de palabras


Me acomodo. La bandeja me suplica que la alivie. Me apresuro sobre el café caliente, lo rodeo como a un amante. Tibias manos después para tocar el pan, fundir la mantequilla y sentir el beso en el recuerdo. Enfrente la ventana. Llueven hojas que imagino disfrutando. Contemplo un reloj que pasea las manecillas entre caracolas que simulan el tiempo. Hago como si dentro estuviera el mar y me dejo llevar. Otra vez tus manos vienen a la memoria cuando se reflejan las mías en el cristal de la mesa. Toco el café con la punta del pulgar y de forma impasible te estoy tocando a ti, allí, fuera de mi cocina; allí, donde no es futuro.

El mundo de dos cabe en la cocina. Se nutre en la cocina. Se deja sentir al abrir y cerrar de puertas. Se acurruca entre la canela y el jengibre que ahora me dedico a contemplar. Los huelo a través de los frascos. Su olor, tu olor.

Me levanto. Acaricio la encimera pensando en el árbol que fue. En la semilla plantada por alguna mano donde se arremolinaban las ilusiones del verde. Esta encimera que se prestó hace poco a cobijarnos. Nuestros sueños cercados por el colador, los espaguetis y la fruta. Colores que mientras me abraza el sillón de mimbre, voy viendo volar por entre la pared de piedra.

Me dijiste: “es piedra artificial…no te gustará” Pero ya ves, amor. Todo vale para crear el espacio de dos.
Ahora ya nadie recuerda a la piedra. Sólo la piel.

Mi cocina te añora. En ella te creces. Me mesuras el cabello. Me desarrollo en poesía gastronómica. Sí, eso que tú llamas jugueteando con el idioma “Gastropoesía” y que parece que huele a todas las tierras bendecidas con especias. El olor de la palabra justa para cocinarnos. Hago poemas, sí. Cocino letras para ti y te doy a probar una sopa de sílabas recién apartada de mi fuego.

Te espero guardada en la nevera. Mejor dicho, te esperan las historias, las pequeñas situaciones, mis trocitos… te esperamos en esta cocina a la que le faltas para sentirse prosa hirviendo; guiso donde soñar que un guisante conquistó su lugar en el mundo.

Me miro en la puerta del armario. Y por un instante sé que algún día esta cocina estará completa. Luego giro. Lleno de nuevo la bandeja. Me vuelvo y percibo que nunca puse puertas a las despensas.

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