viernes, 14 de mayo de 2010

CRI... CRI... CRI...

Fotos y texto: Madame Guignol



Cristina y Crucelio plantaban Crisoles porque nunca habían visto florecer a un Crítico a pesar de que en aquél país no dejaban de plantarlos y abonarlos. Además, alguien les contó que los Crisoles daban mucha mejor luz.

Crespicio no dejaba de caminar saltando de criba en criba porque según narraba “es parte de mi religión” y no quería perder esa gran Crisálida que le habían prometido si se portaba bien. Una metamorfosis Crispada da mucha grima.

Cristóbal se llamaba Crístofer cuando le nombraba su Criado. Así se sentía actor de primera y al pasar por los espejos le asaltaba la fama olvidando su sangre Criolla. Gastaba miles de Croquetas para embadurnarse el cuerpo porque había leído en una revista de mucho glamour que daban brillo y atercio-pelaban

Y por último estaba Crisanto que tenía una enorme Criofobia, aunque él decía que sólo era una pequeña “fobita sin importancia” porque de no vivir en el polo norte no habría problema.

Esto sólo es una pequeña muestra vecinal, pero como comprenderéis en aquél país vivían muchos millones de seres parecidos.

Allí el tiempo se medía por Crisantemos y fueron pasando como en cualquier punto del mundo: Crisantemos buenos y Crisantemos malos. Un día Cristina se enamoró de Crespicio. Ambos andaban Crepitando por cada esquina de la casa y a Crucelio se le comenzaron a enturbiar los Crisoles hasta el punto de acercarse al Cristal como única salida. Al de la botella, se entiende.

También sucedió que cuando Crístofer conoció el problema de su vecino Crisanto, dada la fama que había alcanzado y para hacerse meritorio de simpatías, decidió subvencionarle un tratamiento a base de juegos de dados de Criohidratos que tenía que sostener en las manos cuatro horas al día. En poco, estaba seguro de su curación. Eso sí, Crisanto nunca debía llamarle Cristóbal, así lo decía el contrato. Pero nunca hubo ocasión de comprobarlo puesto que una vez subvencionado se limitó a pensar en otra cosa.

Un día el gobierno decidió que el tiempo se mediría por Cricoides y mandó a quemar todos los Crisantemos. A todos les pareció una feliz idea porque significaba “Crecimiento”. Poco a poco a todos los habitantes les fue Creciendo el cuello con lo que veían a sus vecinos por encima de las tapias. Para tener intimidad todos decidieron hacer muros más altos y sillas más bajas cuando vieron que no podían sentarse a comer sin que sus cabezas dieran en el techo. Pero no parecía importarles con tal de seguir Creciendo.

A Crucelio, que estaba deshabitado desde el abandono de Cristina, le dio por Criminalizarse porque según relataba en las tabernas “me lo ha recetado el médico” Al principio sólo ideó una forma de entretenimiento vendiendo las botellas que él mismo consumía. Luego comenzó a saltar los muros de los vecinos cuando se acostaban y se llevaba las cosas más insólitas: una Cresta, un Cretino, un Cromo.

La policía le seguía la pista con sus apropiados uniformes de Cretáceos, sin levantar sospecha alguna, hasta que un día le cogieron “infla-san-grante” mientras intentaba arrancar toda la Crueldad que su vecino Cristóbal había escondido debajo del porche de la casa. Según informes policiales, esa Crueldad era sólo propiedad del Criado de Cristóbal porque así lo decía en las etiquetas de las cajas.

A Crucelio le enviaron a un Crucero puesto que era la pena más dura para un Criminal solitario. Pero después de ver esta condena y sin saber lo duro que era cumplirla, todo el pueblo se echó a la calle para pedir más ayudas en las escuelas, pues pensaban que “Criminali-mática” era la mejor asignatura que podían darle a sus hijos, tal y como se hacían en las mejores universidades del mundo Cruasán.

En unos Cricoides más prosperaron las navieras y las condenas. Se triplicaron los funcionarios policiales y en los colegios los profesores tuvieron que especializarse en las nuevas “Estratagemas aplicadas a la educación”

Y a todo esto… el alcalde se hizo un experto jugador de Críquet. Iba y venía de un torneo a otro por todo el planeta. De alguna manera tenía que gastar todo lo que le dejaban en el despacho. Porque él, el primer día de llegar y ocupar su cargo, hizo poner un letrero en la puerta que decía: “NO SOY CORRUPTO. UN REGALO JAMÁS SERÁ INTERPRETADO COMO SOBORNO. ESTÉN TRANQUILOS”

El caos llegó como era de suponer. Como allí todo se llamaba de forma diferente, el Capitán General propuso a la Real Academia Cruasanística denominarlo “Cromoterapia”. Tuvo mayoría de votos y a partir de entonces cuando alguien hacía referencia a algo que no funcionaba bien decía por ejemplo: “Hay que ver la Cromoterapia que hay hoy en la cola del supermercado…” Y quedó por siempre adoptado.

Hubo un momento en que el país entró en estado de Cromoterapia absoluta. Todos los jóvenes se encontraban de Crucero, los mayores habían sido enviados a escuelas para alfabetizarlos en los nuevos conceptos de la “Criminali-mática”, el alcalde sólo soltaba su palo de Críquet para agradecer los regalos, no florecían Crisoles por ningún jardín, y por primera vez en muchos siglos incluso los enamorados dejaron de Crucificarse.

Nadie sabía cómo llamar a aquello. Porque con la palabra “Cromoterapia” se añadía como una especie de tela de color a cada problema y así la cosa pintaba mejor. Pero cada vez que la usaban de un tiempo a esta parte, parecía que sólo existiera el gris.

Lo peor llegó cuando volvieron todos los jóvenes del Crucero. Sólo sabían de Criminar o “Crimino-rizar” y descubrieron a la vuelta que allí sabían mucho más que ellos del tema. Si todos se metían en las casas de los demás para apropiarse de sus cosas, qué sentido tenía ejercer esa profesión. Resultó que nada de lo que tenían era suyo y por ese motivo casi no les importaba que les robaran. Llegó la desidia y los Criminales más expertos montaron tiendas de ropas de moda, bancos, empresas de todo tipo con el único afán de salir de la rutina. Se asociaron para no Criminalizarse entre ellos y tener más fuerza contra el resto.

Todo volvió a renombrarse. Tomaron el poder por encima incluso de los alcaldes o los gobiernos. Y como no podía ser de otra manera, a partir de su mandato decidieron que el tiempo se mediría por “CRISIS”.

A todos les pareció bien o incluso no opinaron. Estaban acostumbrados a cambiar los nombres de las cosas y vieron incluso una ventaja en no seguir Creciendo. Ya no sabían qué hacer con esos cuellos que al principio les parecieron tan favorables.

Un solo habitante protestó por este nombre. El grillo que vivía en el Club Nocturno “Criptografía”. Su argumento se basaba en el plagio pues cada noche desde hacía mucho él contaba el tiempo por CRI… CRI… CRI… Ninguna culpa tenía de ser un poco tartamudo y no haber pronunciado nunca la palabra completa.

Ah, se me olvidaba:

Crespicio dejó a Cristina porque se hizo esclavo de Crístofer y le seguía por todas las alfombras rojas. En el fondo quería ser como él. Incluso había pensado que cuando tuviera un criado le obligaría a llamarle “Crespi”

El alcalde puso un pisito a Cristina, que una vez sola y sin trabajo, pensó que no estaría de más aprender un poco de Críquet.

Crisanto se lió con el Capitán General y en cuestión de un mes le desaparecieron todas las fobias.

Y Crucelio no tuvo más remedio que aceptar que quisieran hacerle santo, a pesar de que era la primera vez que esto ocurría estando el individuo en vida. Su Banco era el principal del país y el que mejores CRISIS hacía pasar a todos los habitantes.

El grillo, que se llama Crocantis, siguió protestando y recurriendo. Mantenía su postura “¡Fui el primero en decir CRI… CRI… CRI…!” Aunque hasta donde tengo noticias, aún sigue sin poder pronunciar la segunda parte de la palabra.

Notas: Si tienen algunas dudas sobre los personajes o las situaciones, no tengo inconveniente en aclararles lo que haga falta. Entiendo que esta crónica es un poco complicada y he omitido detalles para no hacerla más extensa. Por ejemplo: el grillo en todas sus manifestaciones portaba una pancarta realizada con un trozo de choco-Crispies.

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